martes, 27 de mayo de 2014

Adiós en el andén de una estación



     Ella está asomada a la ventanilla abierta del compartimento, él está abajo, en el andén, muy cerca de la vía, estorbando a los mozos de estación, a los que se ve obligado continuamente a esquivar cuando al pasar le gritan "¡cuidado!". De vez en cuando, ella se vuelve y comprueba que la maleta y la bolsa siguen en su sitio. Todo lo que tenían que decirse se lo han dicho ya. No, ella no ha olvidado nada. LLeva consigo el billete de tren, el pasaporte, el resguardo del equipaje. Desde luego que sí, le enviará un telegrama en cuanto llegue, se cuidará y pensará en él, del mismo modo que él pensara en ella y se cuidará también. Pero hasta la salida del tren faltan todavía cinco minutos y cada uno de ellos dura por lo menos como si fueran dos.
     El tiempo avanza con lentitud extrema, como si lo estuvieran observando a cámara lenta. El hombre que está en el andén y la mujer que se asoma a la ventanilla del compartimento se miran amorosamente, pero su yo secreto -y, cuando saben que el otro no se da cuenta, también el rabillo del ojo- se dirigen hacia el gran reloj de la estación. Ambos buscan algo que podrían recordarle al otro, algo que recomendarle para que no lo olvide. Pero a ninguno de los dos se le ocurre nada. Como un sabor a nada en la boca, ambos perciben el embarazo de estos últimos minutos de adiós, que las palabras colman con mucha mayor dificultad que en todas las horas y los días que han pasado juntos. 
     Estos últimos minutos, antes de que el tren se ponga en movimiento, llevan dentro un veneno capaz de agarrotar en una especie de espasmo los intereses más vitales y los sentimientos más intensos que entrelazan a dos personas (la que se va y la que se queda). Se ponen de manifiesto síntomas de parálisis en el cerebro y en la lengua. Todos los motivos de conversación parecen estar bloqueados bajo una capa de hielo. Y en el entramado múltiple de hilos que, tendidos entre dos seres humanos, transportan del uno al otro pensamientos y sensaciones, la corriente se interrumpe. 
     En estos minutos de despedida, que parecen no acabar nunca, incluso el más desenvuelto se comporta de modo forzado, hasta la verdad tiene algo de artificioso, un extraño regusto de convención vacía. El hombre cree en las palabras "pásatelo bien, escribe mucho, cúidate" y sin embargo no las dice tan sólo porque crea en ellas, sino también simplemente por decir alguna cosa, para atravesar él mismo y hacer atravesar a la mujer el vado penoso de aquellos últimos minutos. Sus palabras son en un diez por ciento una necesidad del corazón y en un noventa por ciento una pura formalidad.
     Por fin el tren se pone en movimiento; sólo entonces se disuelve la fatal rigidez, sólo entonces acuden de pronto a la mente un montón de cosas de las que uno habría tenido que acordarse, se agolpan en los labios un sinfín de palabras que habría que haber dicho. Y en lugar del sentimiento de alivio que siempre se experimenta una vez superado el adiós, aparece rápidamente la aprensión que toda despedida de una persona querida conlleva. ¿Por qué razón estos últimos minutos en el andén de una estación son tan torturantes y atormentados? Porque somos conscientes de que pretenden que produzcamos y expresemos sentimientos, mientras que tan sólo el inconsciente es capaz de hacerlo de manera verosímil.

Alfred Polgar, La vida en minúscula

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