sábado, 25 de enero de 2014

Una universidad tercermundista



Uno de los mayores desengaños de mi vida fue la universidad. En mi ingenuidad adolescente, a meses de pisarla por primera vez, pensaba que el nivel de excelencia y talla intelectual del profesorado serían elevados. Se pueden imaginar el chasco. Pero la decepción no fue sólo con los docentes, sino con todo el sistema de impartición de clases y transmisión de conocimientos, con el paupérrimo nivel del alumnado -incluido el mío-, y un larguísimo etcétera.

Luego uno entra en el mercado laboral y se percata de que la mediocridad es generalizada, y sabe que si uno alguna vez ha sido considerado un buen trabajador por sus diferentes jefes, no es porque sea gran cosa, sino porque los demás nos hacen buenos.

Mi padre y mi hermano son profesores en la universidad, algunos de mis tíos son catedráticos, uno fue rector, y F. es jefe de un departamento. Puede decirse que sé de lo que hablo. Pero ni siquiera necesitaría esas otras referencias para afirmar que nuestra universidad es tercermundista: esa condición es tan palpable que bastan unas semanas en sus aulas para afianzar dicha creencia. Por si me quedaba alguna duda, el estudiar tres semestres en una pequeña universidad alemana hizo más cierto que nunca aquello de que las comparaciones son odiosas. Me quedé con el culo torcido cuando constaté  cómo en el ámbito universitario los alemanes estaban a años luz de nosotros.

He recordado todo esto a raíz de la crónica en el periódico de la última clase del historiador José Álvarez Junco, donde afirma:

"El país ha vivido medio siglo bueno, pero la Universidad no ha estado a la altura. Es un fracaso de nuestra generación" ¿Y que ha pasado? "Quizá ha adoptado el viejo clientelismo como forma de ser. En universidades extranjeras forman a los alumnos para que vuelen, no para que los contrate el mismo centro. Eso reproduce los clanes y eso ha lastrado la Universidad."

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